jueves, 29 de septiembre de 2011

Introducción


Tuve una pesadilla incierta: no podía encontrarme en el espejo. Por más que miraba, ningún cristal
fue capaz de captar mi refracción. No figuraba como una entidad física sino como un mero ser translúcido. 

Salí en su búsqueda y entre las nubes de la noche se escondía un cuerpo celeste al que éstas abrieron paso sin demora: la Luna. Ahí estaba lo que buscaba. ¡Su luz escondía mi reflejo! Ansiaba tanto sentir su tacto… Solo tenía que alcanzarla, llevármela conmigo, oler su perfume y sentir con su esencia. Podría hacerla mía, ¡solo mía!

Corrí tras ella pero iba demasiado deprisa: no podía cogerla, ¡no se dejaba atrapar! Sólo quería recuperar lo que era mío.
Era tan injusta… ¿Por qué?
 
Sentí que la cólera era imparable, poseyó mis intenciones y las sometió a su influjo, ya nada pude hacer: sin pensar todo ocurrió.
  
Con mis manos la alcancé y descuarticé toda su esencia asestando tantos golpes como mis fuerzas me permitieron. El primero fue inevitable: desgarré su cobertura con mis uñas y dejé al descubierto sus entrañas, inspirando ahora el terror en su mirada, pero el segundo exterminó su corazón latiente entre sollozos y despreció su existencia apagándola para siempre. Pude sentir el frío pavoroso de Noviembre cubrirme en su tétrico crespón y desgastarme la vida, ahogándome en mi propia sangre y con mis venas retorciéndose entre vertiginosas cumbres de hielo.

Llené mis manos de sangre… pero teñí para siempre de rojo mi alma.
 ¿Por qué fue una pesadilla y no un mal sueño? Porque cuando desperté, mi reflejo nunca más volvió a aparecer.



Pero eso… solo era el principio.









lunes, 12 de septiembre de 2011

Sanatorio


Una voz emergía de las paredes: pude sentir la necesidad de reconocerla pero su registro no aparecía, y no pude encontrarlo.
No era capaz de manejar la situación, el miedo inundaba mis entrañas y caía por mis órganos infectándolos con veneno y transformando todos mis sentidos.
Un amargo letargo descendía sobre mis heridas y visitaba mis recuerdos divididos en reales y ficticios. Me susurraba al oído que nunca me dejaría mudarme para siempre a la realidad. Ésta se rompía y flotaban sobre mis recuerdos, cristales rotos en pequeños pedazos que deshace la cordura, intensificando la pureza escondida en el mundo de los que nunca se quedan, siendo parte de otro ser.
El recuerdo era ahora olvido: descendí sobre sentimientos ahora desconocidos y demasiado... fugaces.
La locura del sanatorio me había envuelto en sus brazos hasta hacerme parte de ella.